lunes, 2 de noviembre de 2015

ARTE CONTEMPORÁNEO: ¿DEVENIR AUTÓNOMO DEL CAMPO DEL ARTE O PRODUCTO DE LA GLOBALIZACIÓN? (3)

(continúa...)

POR: CARLOS FERNANDO QUINTERO VALENCIA.

2.      SEGUNDO MOMENTO: LA CONSOLIDACIÓN DEL “ARTE CONTEMPORÁNEO” EN LA DÉCADA DE 1990.

La década de 1990 inicia con la llegada de César Gaviria Trujillo a la presidencia de Colombia, luego de una dolorosa y tortuosa campaña electoral, caracterizada por el asesinato de cuatro candidatos presidenciales: Jaime Parlo Leal y Bernardo Jaramillo Ossa (del partido de izquierda Unión Patriótica), Carlos Pizarro Leongómez (del partido de izquierda Alianza Democrática M-19) y Luis Carlos Galán Sarmiento (del tradicional Partido Liberal). De este último es sucesor Gaviria.

El nuevo presidente se hizo famoso con la frase “Bienvenidos al futuro”. Su modelo de país, que lo llamó “La nueva Colombia” se basaba en el modelo neoliberal y globalizado, que ya se estaba implementando en otros países latinoamericanos.

En el marco del XXXIII Salón Nacional de Artistas y la 2ª Bienal de Arte de Bogotá, ambos eventos en 1990, reciben los primeros premios dos jóvenes mujeres artistas: En el primero, María Teresa Hincapié con el performance Una cosa es una cosa y en la Bienal María Fernanda Cardoso con sus instalaciones de animales disecados. Los premios a Hincapié y Cardoso marcaban un cambio esencial en la concepción del arte nacional, ya que por primera vez se otorgaba un premio a una joven artista con un performance y, por segunda vez, luego del premio a Doris Salcedo (XXXI Salón Nacional de Artistas de 1987) a una instalación. Esto implicó el reconocimiento máximo de estas prácticas artísticas, en cuerpo de dos mujeres. Los premios no estuvieron exentos de discusiones, críticas y cuestionamientos. En especial el de María Teresa Hincapié, por ser una mujer que provenía de las artes escénicas y no de las artes plásticas y visuales, lo que llevó a que algunos sectores del medio artístico nacional lo tomaran como un sacrilegio o herejía. Las obras se constituyeron desde ese momento en hitos del nuevo arte colombiano, del arte contemporáneo nacional para final del milenio, para la “nueva Colombia” de Gaviria.

Más allá de los medios técnicos, los materiales y los métodos, las obras de las dos artistas proponían un cambio en aspectos conceptuales y en la posición de las artistas frente a lo político. En relación con las obras de Caro y muchos de sus contemporáneos, Cardoso e Hincapié no plantean problemas relacionados con circunstancias sociales y políticas locales ni nacionales, al menos de forma directa y explícita.

En el caso de María Fernanda Cardoso, sus obras refieren a la muerte de manera directa por la utilización de seres disecados, como ranas, salamandras y moscas. También a una muerte simbólica, al referirse a culturas prehispánicas colombianas casi extintas (las del altiplano cundiboyacense). Sin embargo, sus trabajos no tienen una conexión con la situación convulsa y extrema del país, en ese momento. Los temas tratados por la artista se enmarcan en una de revisión histórica, pertinente para el año de 1990, justo dos años de la conmemoración de los quinientos años, y que abarcaba el entorno iberoamericano. Igualmente, y por el uso de animales muertos y disecados, tenía una relación con los problemas ecológicos y medio ambientales, algo presente en muchas de sus obras posteriores.

La obra de María Teresa Hincapié transcurre en una intimidad y femineidad que deviene pública. Implica un señalamiento poético de lo cotidiano, además un señalamiento de la mujer, de la condición femenina, en su relación corporal con el espacio y el tiempo. También, el tema de lo “femenino”, sin que necesariamente sea feminista, correspondía a las tendencias inclusivas y multiculturales de finales de las décadas de 1980 y 1990. Así, su señalamiento adquiere una dimensión política, muy cercana a la denuncia. Sin embargo, se distancia de las referencias inmediatas, de los problemas políticos y sociales de la mujer en Colombia y extendiéndose a una dimensión global.

Con estas dos obras, y muchas otras de ese momento y posteriores, se marca una dimensión diferente de la relación de la producción artística con el ámbito político. Aparentemente superadas las ideologías, las dos artistas se relacionan de manera sutil con temas que implican señalamientos o denuncias de problemas sociales, políticos y culturales tomando una distancia de lo local o lo nacional, para posicionarse más un contexto internacional o global. Los señalamientos sobre la muerte, los quinientos años, la condición de la mujer, la ecología y el medio ambiente, superan las fronteras nacionales, ya que son comunes a los diferentes entornos, países y regiones.

No se quiere hacer aquí un reclamo a las artistas en cuanto a la pertinencia o “funcionalidad” social, política y cultural de sus obras, ni se les achaca una “falta de compromiso” con el país o con los problemas nacionales. Sencillamente se quiere señalar un cambio de modelo en las producciones artísticas de ese momento y en la valoración de las mismas. Este cambio tiene qué ver con la manera de acercarse a los temas y problemas del arte y su relación con el entorno y el contexto, marcado por un crecimiento exponencial de los factores, actores y hechos violentos, entre 1985 (Toma del Palacio de Justicia) y 1995 (caída de los jefes de los carteles de droga). Así mismo, se construye una concepción de arte contemporáneo, basado en el reconocimiento a los “nuevos medios” del arte como el performance y la instalación, desplazando a las prácticas tradicionales, en especial a la pintura.

Lo particular y curioso es la “coincidencia” entre los reconocimientos a estas jóvenes artistas y las políticas del nuevo presidente colombiano. Particular y curioso cuando, pasados veinticinco años, se evidencia que el señor expresidente, quien también fue Secretario General de la OEA, donde desarrolló muchas actividades en torno a las artes plásticas contemporáneas, se convierte en uno de los más importantes coleccionistas de arte de América latina y galerista. Además, hoy su hija, María Paz Gaviria, es la Directora General de la Feria Internacional de Arte de Bogotá (ArtBo), la plataforma comercial que avala el “boom” actual del arte colombiano.

No podría afirmar que esta es una de esas historias truculentas sobre complots en el arte y que todo esto hace parte de una agenda oculta o de una estrategia política, social y económica. Tampoco lo podría descartar. Menos quiero dejar la idea en el aire de que las artistas mencionadas u otros de sus contemporáneos no tenían ni tienen la calidad artística, estética o ética para haber sido o ser reconocidas. Lo que sí me parece curioso es la posible relación estrecha entre las políticas de globalización implantadas en Colombia desde el gobierno del presidente Gaviria (1990 – 1994) y el “nuevo arte contemporáneo” de ese momento y a futuro, con características globales y, por qué no, neoliberales, porque estas artistas y sus obras, como otros artistas de su generación y posteriores, reconocidos a través de premios, estímulos y becas otorgados por el gobierno a través de los programas del Ministerio de Cultura, se caracterizan por la deslocalización de las temáticas que tratan y la selección de temas “políticamente correctos”, lo que implica una distancia de los graves temas locales y nacionales. Lo que se cuestiona no es el trabajo de los artistas, sino la implementación de políticas de promoción y difusión para un solo tipo de arte contemporáneo, dejando de lado otras posibles líneas de trabajo y reflexión.

2.      TERCER MOMENTO: ¿EL TRIUNFO DEL ARTE CONTEMPORÁNEO?

Por lo menos en el caso colombiano, el modelo de un arte contemporáneo global y neoliberal parece estarse imponiendo sobre otros tipos o modelos de arte que involucran más lo local o lo nacional. Esto podría inferirse de los comunicados o declaraciones públicas en relación con ARCO Madrid 2015. Lo que más se enfatiza en los comunicados oficiales sobre la participación de Colombia, como país invitado, es el “boom” del arte colombiano.

Al revisar los listados de galerías, artistas y curadores invitados, también se evidencia que la mayor parte de los participantes, entre un 70% y un 90%, son de Bogotá, nada raro en un sistema de artes centralista. Y si se revisa con cierta minucia y suspicacia los artistas jóvenes invitados a las muestras gubernamentales, se puede notar que, salvo una o dos excepciones, ninguno trabaja sobre procesos artísticos que impliquen de manera directa o explícita, los problemas sociales, políticos, económicos y culturales del país. Aquellos artistas jóvenes que tocan este tipo de problemas, que por lo general hacen parte de las comunidades indígenas, negras y campesinas, y que han sido reconocidos en el plano artístico local, nacional e incluso internacional, no fueron tenidos en cuenta en la selección oficial.

Lo que preocupa, inquieta e incomoda es que este “boom” del arte colombiano parece estar basado en las políticas e intereses macroeconómicos (estado y empresas multinacionales) y en una mirada parcializada, por no decir centralista, del arte del país, dejando de lado aquellas obras o aquellos artistas que tocan los “incómodos” temas nacionales, sobre todo aquellos que implican directamente el conflicto armado, el narcotráfico, la exclusión social, el feminicidio, entre otros.

El triunfo del arte contemporáneo colombiano, proclamado por ARCO Madrid 2015, parece basarse en haber alcanzado los estándares de los modelos económicos globales y neoliberales, más que en los procesos del arte y sus relaciones con el contexto. Todo parece indicar que el arte contemporáneo actual, el de la segunda década del siglo XXI, en su concepción, depende de la determinación estatal mediado por intereses macroeconómicos y macropolíticos. Determinación que excluye todo aquello que no corresponde al modelo.


Concluyendo, el peligro que quisiera señalar es que esta última noción de arte contemporáneo implicada en la participación oficial colombiana en ARCO Madrid 2015, lo transformaría en una manifestación estilística de estado y no en un proceso de reflexión y acción basada en la autonomía de un campo del arte, integrado en un diálogo a los procesos sociales, políticos y culturales.