lunes, 3 de agosto de 2015

STRIPTEASE

Por: Carlos Fernando Quintero Valencia

Luego de la publicación de ¡Deje así! (si mal no estoy, el primer texto crítico sobre el 15 Salón Regional Zona Pacífico) y Entonces ¿qué vamos a hacer? he sido sujeto de conjeturas y afirmaciones casi a diario, en una especie de “matoneo” virtual sistemático, ya que se me menciona en muchos comentarios de redes sociales y textos y que involucran los ámbitos personales, dejando de lado, muy convenientemente, el centro de la discusión y la reflexión, o sea la calidad de las exposiciones del salón y la responsabilidad de los curadores y organizadores del evento. Incluso se ha intentado revivir viejas rencillas para que terminemos distrayéndonos en otros menesteres y olvidemos el inicio de todo esto. Lo positivo del asunto es que mi “raiting” ha subido exponencialmente y me han convertido en una especie de “figura pública” nacional, como una especie de adalid o caballero armado que defiende “causas justas”. No esperaba semejante resultado y no quisiera asumir tal responsabilidad.

Me parece paradójico y contradictorio que los autores de la publicación del libro de Ojotravieso en el marco del 14 Salón Regional y que propiciaron un concurso de crítica a su salón, del cual participé como autor de los textos del libro y como jurado del concurso, hoy se rasgan las vestiduras porque se critica esta nueva versión. Pensé, ilusamente, que se entendía la importancia de la crítica, buena, deficiente o mala, en la construcción del tejido social de las artes, ya que más allá de los resultados artísticos del presente 15 Salón Regional, este va a pasar a la historia como uno de los más comentados y criticados. Será, seguramente, materia de estudio y análisis en el futuro, como parte aguas en el acontecer artístico nacional.

José Horacio Martínez. Sobre las implicaciones de la soberbia. 1997.



Por todo lo anterior, considero que debo aclarar mi posición en todo este asunto. Lo primero es que, desde 1998, llevo una actividad de escribir sobre arte de manera relativamente constante y en contra de un sistema que me parece dudoso y discutible. Iniciamos con Ojotravieso criticando la exposición El traje mágico del emperador (creo que así se llamaba), con un texto titulado El rey desnudo. Durante casi dos años y con el seudónimo de Jonás Ballenero Arponero comenté sobre lo que consideré pertinente y necesario para comentar. Valga la pena anotar que, hasta donde sabemos, Ojotravieso fue la segunda plataforma de crítica en internet del país, después de Columnadearena y la primera del suroccidente colombiano. Es obvio que después de casi 17 años de comentarios y preguntas “impertinentes” mi número de “amiguis” en las instituciones sea bastante reducido, por no decir que nulo.

Cuando en el 2014 se lanzó la convocatoria para suplir el cargo de Curador del Museo La Tertulia en Cali algunos amigos y conocidos me invitaron a participar en la misma. Incluso me informaron que, por su propia iniciativa, en algunas reuniones sociales habían planteado mi nombre a personas cercanas al museo. Para ni siquiera participar en la convocatoria tuve en cuenta muchos aspectos:

a)    Los términos de la convocatoria: asumir una responsabilidad como la de curador del Museo La Tertulia debería ser valorada y remunerada de mayor y mejor manera, ya que este cargo implica no sólo la responsabilidad frente al museo y sus colecciones, como aspectos sociales, políticos, económicos y culturales.
b)    La difícil situación administrativa y financiera del museo. He visto como el museo demora sus pagos al personal que labora en él, por la difícil situación que atraviesa o atravesaba. Esto me lo comentó uno de los excuradores y fue lo que motivó su salida.
c)    Mi situación laboral del momento: La vinculación que aún mantengo con la Universidad del Cauca en Popayán, donde además tengo proyectos académicos e institucionales, que no pensaba ni pienso dejar de lado.
d)     Las relaciones “difíciles”, por mi actividad crítica, con el medio artístico local y nacional. También, me parece importante continuar con esta actividad, que la considero como un “deber civil”. Considero importante que alguien diga algo o hable, por fuera del sistema y las instituciones (esta fue una de las consideraciones de mayor peso para desistir de la convocatoria).
e)    Mi posición de outsider dentro de la traza urbana y cultural de Cali: considero que se deben replantear las relaciones de las artes y sus instituciones en la ciudad. Por eso creamos Frontera sur en 2008.
f)     Mi comodidad: Siendo un simple profesor de arte y un comentarista de la escena artística  mi situación es muy “cómoda” y “tranquila”. Esto se perdería asumiendo como “curador” del museo (esto también pesó mucho en mi decisión final).

Todo lo anterior no sólo no ha cambiado, sino que además de ha afianzado. Por todas estas razones, no me interesa ni quiero participar en los procesos internos del Museo La Tertulia. Mucho menos quisiera ser curador del museo, ni director, ni administrador, ni portero, ni jardinero, ni rondero, ni docente, ni nada parecido. Es falso que tenga una agenda oculta o que participe en conspiraciones para dar un “golpe de estado” museal y mucho menos con personas que ni me hablo y que han sido objeto de mis críticas (por eso no nos hablamos). No pienso, al menos por el momento, abandonar mi “cómoda” y “tranquila” posición como simple profesor universitario, comentarista o crítico, visitante a exposiciones y turista cultural, por ningún cargo ni público, ni privado. ¡Quédense tranquilos!

Por otro lado, nunca he participado en Convocatorias del Ministerio de Cultura y no pienso hacerlo, al menos en un futuro cercano y con las actuales condiciones de participación y convocatoria. Esto porque no me parece coherente o lógico que por un lado esté cuestionando y por el otro esté participando. Cuando he leído y revisado las convocatorias me parecen insuficientes en recursos y tiempos, así que que no responden a mis expectativas profesionales. Lo que sí he hecho es participar como conferencista invitado o tallerista, en dos o tres proyectos apoyados por el ministerio, aunque siempre manteniendo mi posición crítica y haciendo uso de mi libre derecho al trabajo. Aclaro que las personas que me han invitado no eran mis amigos, ni familiares, ni nada parecido. Incluso me ha sorprendido mucho que me hayan invitado (últimamente me invitan mucho a dictar charlas y conferencias… Solicitudes vía inbox…)

Además, me sale mejor financiar de mi bolsillo y con mis horas libres de trabajo los procesos o proyectos que he realizado o realizaré. No me da pena ni se me quiebran las uñas por limpiar una sala o poner una puntilla, menos me espanta escribir un texto u organizar una exposición o un evento. Lo que he hecho, hago y haré lo hago por puro placer y gozo, por el interés de dar a mi comunidad cosas que considero importantes y con el ánimo de aportar. Desde mi experiencia personal y profesional, puedo dar fe que se pueden hacer proyectos expositivos (así sean pequeños y modestos) sin los recursos del estado ni de la empresa privada. Para convencerme de esto y poder plantearlo, fue fundamental haber cursado la Especialización en Gerencia para las Artes, en 1997.

Y ya que estamos en estas, debo anunciarle a los amables lectores que no soy perfecto ni infalible, así hace ya unos muy buenos años me haya creído Dios (ya se me pasó, por fortuna). Como toda persona que “corre riesgos” me he equivocado más de una vez y siempre he dado la cara y asumido mis errores hasta las últimas consecuencias, lo cual considero que no sólo es lo primero que se debe hacer, sino que además lleva a la pronta solución de la falla. Incluso tengo una frase que repito constantemente entre mi círculo de amigos y colegas: “Echando a perder se aprende”. Por fortuna, cuando me he equivocado o he metido las patas, he contado con el apoyo de personas expertas y sabias que me han ayudado a salir adelante, y con equipos experimentados y capaces, prestos a resolver la situación, de manera rápida, eficaz y efectiva. Asumir y asesorarse y acompañarse bien, también hace parte de la experiencia y el conocimiento adquirido por años.

José Horacio Martínez. La sonrisa de mis enemigos. 1996

Espero haber dado suficiente claridad a los cuestionamientos infundados, a las suspicacias, suposiciones y demás versiones que intentan abordar todos estos asuntos desde lo personal. Ahora pasemos a lo que se dice que dije…

Releyendo una y otra vez los artículos ¡Deje así! y Entonces ¿qué vamos a hacer? publicados en mi blog Desde la Kverna, no encuentro la parte en donde hablo mal de la curaduría del 15 Salón Regional. Incluso diría que hablo bien, cuando en el primero digo: “La escogencia de las piezas y autores, los que conozco, me parece acertada. Sus obras o procesos artísticos tienen condiciones tanto técnicas como conceptuales para hacer parte de este evento”. Incluso tuve especial cuidado en esta parte del texto porque no quería afectar negativamente a los artistas seleccionados (conozco y aprecio a casi todos; otros no los conozco), ni a los curadores. Confieso que con uno de ellos trabajamos juntos en un largo proyecto hace ya muchos años (creo que fue su primer trabajo en el medio de las artes) y siempre me ha parecido una excelente persona, sensible, humilde y honesto, con la que se puede dialogar. Así que no tengo ninguna rencilla personal con los curadores. Sólo señalé unas fallas en las exposiciones, las cuales creo que se han intentado corregir en más de una ocasión, desde el inicio de la exposición.

Lo que cuestioné fue “la pésima museografía y el dudoso montaje” y el daño de obras de los artistas. No puedo hablar de la curaduría porque desconozco los textos curatoriales que acompañan las exposiciones, así como los guiones curatoriales y museográficos. Respecto a la museografía, esta no se trata sólo de imprimir y colgar bien el pendón de la exposición o poner en una hojita las fichas técnicas. La labor del museógrafo es mucho más compleja e implica el diseño de la exposición en general en cuanto a su presentación, lo que además comprende las áreas y condiciones de circulación del público, sobre todo el que tiene condiciones diferentes de desplazamiento, pensando en la seguridad de todos los espectadores y las obras[1]. O sea, desde un principio señalé que el problema fundamental era de montaje y museografía, y no hablé de la curaduría.

La cuestión aquí es que una falla de montaje y de museografía, ¿por qué no se resolvió a las pocas horas de haber sido señalada? ¿Por qué se ha dado todo este intercambio de mensajes, textos, ataques y demás, entre miembros del campo artístico, primero local y ahora, parece, nacional? ¿No será que con “un disculpe usted, ya arreglamos el asunto” hubiera bastado y nos hubiéramos evitado esta tormenta? Aquí es donde se ve la inexperiencia. Porque, desde la experiencia, una cosa “menor” como una falla de montaje se resuelve rápidamente y en casa, sin tanto aspaviento, ni tanta alharaca, ni tanto ataque. Mejor dicho, con una comunicación de los curadores-productores, dando la cara desde un principio y actuando diligentemente (o sea, comprando e instalando los treinta mil pesos de cinta de demarcación y arreglando las vitrinas) esto se hubiera resuelto. Los curadores siguen ausentes, incomunicados y como que todo no acaba de resolverse.

Lo otro que señalé es el daño de las obras, pero de esto ya deberán encargarse los artistas y los curadores…

Una de las cosas que más me ha sorprendido en todo esto, después de tantos años de criticar y criticar casi que sobre lo mismo (porque los problemas y los postulados expositivos parecen ser los mismos) es que por primera vez se han levantado voces de gran parte los sectores y grupos, primero de la ciudad y luego, aparentemente, de Colombia. Incluso, creo que primero hubo cuestionamientos a los 15 Regionales desde la Zona oriente y parece que algo similar sucede en la Costa Atlántica (lo digo por un pequeño comentario que algo dice al respecto). El nivel de cuestionamientos, en cuanto a la cantidad, la variedad de autores y los niveles de apasionamientos, parece indicar un descontento generalizado frente a las actuales políticas y convocatorias ministeriales. ¡Como que la olla a presión se estalló! Ante la avalancha de cuestionamientos, que parecen venir desde diferentes regiones y sectores, me atrevería a proponer un gran debate nacional sobre la situación del sector de las artes plásticas y visuales en Colombia, en un terreno neutral y sin la presencia de agentes gubernamentales, mejor dicho, un debate de la academia.

¡Striptease! ¡Esto ha sido como una empelotada de aquellas del débil sistema de las artes del país! Y con todas las “cositas” expuestas, creo que hay mucho más por ver. Mejor dicho, lo que ha sucedido y está sucediendo con el 15 Salón regional Zona Pacífico, ha ido más allá de una exposición mal montada o mal curada. Lo que parece ponerse en evidencia son las fallas en el sistema de las artes plásticas del país, que implican, sobre todo, cómo se asignan, se distribuyen y ejecutan los recursos públicos de las artes plásticas y visuales. Esto debería ser materia de análisis en futuras investigaciones.




[1] Para acercarse al tema se puede ver el libro Cómo administrar un museo: Manual práctico, en especial el capítulo Presentaciones, obras expuestas y exposiciones de la arquitecta y museóloga mexicana Yani Herreman. http://unesdoc.unesco.org/images/0014/001478/147854s.pdf

viernes, 10 de julio de 2015

Y, ENTONCES, ¿QUÉ VAMOS A HACER?

Por: Carlos Fernando Quintero Valencia

Hace una semana se estaba inaugurando el 15 Salón Regional-Zona Pacífico y casi de inmediato empezaron las críticas y cuestionamientos al evento y, sobre todo, a sus “curadores”. Empezaron los artistas, sotto voce, como casi siempre. El malestar, como preludiado por el Salón anterior, fue en crescendo hasta alcanzar proporciones inimaginables: la queja generalizada de gran parte del medio artístico local y nacional, que, por primera vez y al unísono, se han manifestado en contra del evento. El gran logro de este Salón ha sido ponernos de acuerdo, incluso con aquellos que hemos mantenido muchos desacuerdos, y además, ha logrado que se manifiesten, los que poco o nunca han hablado.

Gabinete de curiosidades Musei Woemani. 
Tomado de https://es.wikipedia.org/wiki/Cuartos_de_maravillas#/media/File:Musei_Wormiani_Historia.jpg

En esta agitada y tensa semana han pasado muchas cosas. Textos han ido y venido reclamando explicaciones, responsabilidades y cabezas. Caricaturas y memes han rotado entre correos y muros poniendo un poco de humor a la terrible situación. Incluso, algunas voces se han levantado tratando de defender lo indefendible. Lo más grave es que se ha intentado suplantar al menos a una persona, en comentarios, como si alguien estuviera tratando de confundir y apaciguar los ánimos (me refiero a la “suplantación” de Sandra Navia en los comentarios de Esferapública).

Lo que no ha habido, al menos hasta el momento, es un pronunciamiento serio y claro ni de los “curadores”, ni mucho menos de las entidades privadas y gubernamentales implicadas en este lío. De parte de los “curadores” lo único que parece haber sucedido es la censura de al menos un comentario en la página del evento. De explicaciones, aclaraciones, enmiendas, argumentos, que yo sepa, no ha sucedido nada.

Las instituciones, Museo La Tertulia y Ministerio de Cultura, tampoco se ha sabido nada, al menos en esta Kverna. Claro, es la “posición” tradicional y oficial. Nunca responden a los debates y a los cuestionamientos y dejan que la “marea” baje. Creo que es necesario aclarar que este proyecto se hace con dineros públicos, provistos por el Ministerio de Cultura, así que debería ser una obligación que tanto los “curadores” como las instituciones, respondan de manera pública a lo que los ciudadanos hemos solicitado. Mejor dicho y para ser un poco más claro, aquí no se trata de la platica del bolsillo de nadie, sino de los dineros que los contribuyentes y ciudadanos hemos dado al estado y que, parece que no ha sido bien utilizado. Por esta sencilla y simple razón, todos los implicados deberían responder a los cuestionamientos y debates. No es sólo una postura ética y moral, además de profesional; es una obligación que adquieren todos, al contratar con dineros públicos.

Gabinete de Curiosidades. Johann Georg Hainz. ca. 1666
Tomado de https://es.wikipedia.org/wiki/Cuartos_de_maravillas#/media/File:Johann_Georg_Hainz_-_Cabinet_of_Curiosities_-_WGA11425.jpg

Por otro lado, hay muchas cosas qué revisar al interior y al exterior de este 15 Salón Regional – Zona pacífico (de pacífico no ha tenido sino el nombre). Al interior, lo que se evidencia es el daño físico y moral de al menos algunas de las obras, que han sido alteradas por los curadores, tanto en sus condiciones físicas (reitero) como al montarlas por fuera de los requerimientos de los artistas. ¿Será que un “curador” puede hacer lo que quiera con las obras de los artistas? Una de las funciones importantes de un curador es preservar el valor de los artistas y las obras. Esto lo hace no sólo en términos de la conservación física de las cosas-obras, sino aportando positivamente al valor cultural, social y simbólico de las obras y los artistas. Así, en una buena exposición, la obra y el artista “ganan” o “incrementan” estos valores, que redundan en otros: el político y el económico. Por el contrario, en una “mala exposición”, se afecta negativamente a las y los artistas en todos los valores mencionados. A veces este tipo de daños son irreparables.

Al exterior del Salón, pero implicándolo, está la dudosa política de los salones, que en Colombia se ha impuesto con argumentos nebulosos desde hace alrededor de 15 años. El primer argumento dudoso es lo “inadecuado” y “caduco” del modelo del Salón, es decir, de la exposición por convocatoria abierta y concurso, en la cual podían participar todos los artistas, sin distingo de clase, raza y condición social y cultural. Esto parece ser el mayor inconveniente para el stablishment (léase Ministerio de Cultura), ya que en los salones se “colaban” obras y artistas que no favorecían los intereses de algunas personas, incluido el gobierno central. Claro, el arte cuestiona y molesta, a veces de manera sutil y otras de manera directa. Así que, desde mi particular perspectiva, lo que asegura la figura del “curador” (decidido dedocráticamente desde los bureaux de la capital) es el control de lo que se exhibe y se produce, estableciendo casi que un solo y único modelo de arte, que es el que el Ministerio y el gobierno central (Big Cousin and Big Brother) quieren ver o sirve mejor a sus intereses.

Por otro lado, lo que asegura este modelo “curatorial” es que haya menos visibilidad y menos impacto social, cultural, simbólico y político de las artes. Lo que se ha logrado (si es que a esto le podemos llamar logro) es la atomización del medio artístico nacional, fragmentándolo en pequeñas células y facciones. Así, en lugar de eventos que reúnan y comuniquen a los actores del arte, como lo hacía el antiguo Salón nacional, lo que se da es una cantidad de eventos cada vez más pequeños e insignificantes (porque no significan), que poco importan e inciden en la sociedad.

Aclaro que no tengo nada en contra de las exposiciones por proyectos curatoriales, siempre y cuando cumplan con dos condiciones: La primera es que las realicen profesionales del arte, con experiencia y conocimiento, o sea, verdaderos curadores. La segunda, que se trate de manera coherente, digna, acertada e inteligente a los artistas y las obras. Por lo general, esto último lo hacen los verdaderos curadores.


Finalmente, el modelo de proyectos curatoriales nunca pudo y no podrá reemplazar lo que fue el Salón Nacional de Artistas, como evento que permitía visibilizar y afianzar procesos artísticos del país, frente a los grandes públicos del arte nacional e internacional, permitiendo, sobre todo, la participación de esos “colados”, que hoy están ausentes y están cada vez más marginados. Y, entonces, ¿qué vamos a hacer? 

sábado, 4 de julio de 2015

¡DEJE ASÍ!

Por: Carlos Fernando Quintero

Desde hace unos buenos meses decidí no asistir a las exposiciones que organizan en mi pueblo, ni los aledaños, ni los del país. Los eventos son tan de dudosa calidad, por no decir más o menos, que prefiero evitarme la pena y el mal genio de tan siquiera asistir. La situación me ha llevado a buscar tiquetes aéreos y ver exposiciones en otros rumbos, en territorios conocidos y con más posibilidades de rigor, criterio y hasta sentido común expositivo. Así que pronto, y por estos motivos, saldré(mos) del país… el problema es que regresaré(mos)…

Sin embargo, las ganas de saludar a las amigas de años y el morbo, puede más que los buenos propósitos. Por estos motivos, terminé viendo el 15 Salón Regional en la sede de La Tertulia, nuestro querido museo local. La verdad, no tenía muchas esperanzas. Y mi desconfianza se ratificó desde la primera sala, la subterránea de la institución. En primer lugar, la información básica de la exposición, los artistas y las obras brilla por su ausencia. En esta sala sólo hay un pendón. Al interior, la oscuridad, rezago de la despropositada exposición anterior (como que había qué sacarle más “jugo” a las cortinas negras), apenas deja ver los objetos luminosos y dificulta la movilidad de los espectadores. Escapa uno de matarse, tropezando o cayendo por las escaleras. No hay señalización visual, ni guía, ni ninguna advertencia. Menos hay fichas técnicas, ni información sobre las obras o los artistas Esta es una moda que ha calado bastante en Cali. Los organizadores de exposiciones han decidido prescindir de los títulos, técnicas, materiales y fechas de las obras, como si estas simples informaciones no fueran parte fundamental de las mismas. Así que, quien quiera aún visitar la sala, tendrá qué hacerlo por su propia cuenta y riesgo, tanto por su integridad física al moverse por la oscura sala, sin guía, así como por la falta de información sobre las obras y los artistas.

Vista general Sala Subterráneo Museo La Tertulia. 
15 Salones regionales, Cali.

En el primer piso del edificio de la colección del museo se encuentra alojada la siguiente muestra del mismo evento. Si bien aquí mejoran las condiciones de luz para los espectadores, no es lo mismo para las obras. Debo decir que conozco a algunos de los autores y sus procesos creativos, porque han sido mis estudiantes en talleres y cursos en la Universidad del Cauca en Popayán. La escogencia de las piezas y autores, los que conozco, me parece acertada. Sus obras o procesos artísticos tienen condiciones tanto técnicas como conceptuales para hacer parte de este evento. Sin embargo, cuando visité la sala me encontré con piezas que me parecieron extrañas, distantes, desangeladas. En al menos un caso hay un deterioro significativo e injustificado de la obra. La obra de Leonardo Amador, hasta donde entiendo y recuerdo, un sutil tapiz de ceniza, material que es utilizado en la construcción de las viviendas de las comunidades indígenas del norte del Cauca, se debería conservar intacta, lo que no sucedió, ya que fue pisoteado por los asistentes a la inauguración. Claro, hasta la tarde de hoy, un día después, no había señalización adecuada que permitiera la preservación de la obra y con las pisadas ya existentes, los nuevos visitantes se tientan a "interactuar" con la pieza. 

Dos obras en el 15 Salón Regional, Cali.

El gran problema es la pésima museografía y el dudoso montaje. Al parecer, y siguiendo los “lineamientos” museales de la institución, a los “curadores” se les ocurrió “jugar” con las obras en el espacio… Pues, ¡perdieron! Perdieron sobre todo los artistas y sus obras, porque en esa aglomeración arbitraria, simulacro mal formado de montaje y de intelectualidad, nada se ve, ni siquiera se aprecia. Toda la sutileza y potencia de las obras se pierde en este desproporcionado marisma. Eso lo puedo evidenciar con los cuatro o cinco que más conozco, pero parece que es igual para todos los demás. Ya dos de los participantes han manifestado su inconformidad y su malestar ante este kvernícola kvernoso kvernario. Seguro llegarán más quejas…

Obra de Leonardo Amador en el 15 Salón Regional.
La obra se encuentra deteriorada por la acción de los espectadores, montada en un espacio estrecho e inadecuado y sin ningún tipo de señalización.


Este cenagoso 15 salón regional tiene otras sedes, a las cuáles no iré ni porque me paguen. No sé qué vaya a pasar con este evento. Creo que poco me importa ya. Total, en este medio como que nada importa, sólo cumplir con la cuota ministerial, con la apariencia de “progreso”… Mejor, ¡deje así!.

viernes, 19 de junio de 2015

PROPUESTA PARA UNA POLÍTICA PARA LA CULTURA Y LAS ARTES

Por: Carlos Fernando Quintero Valencia

Hace unos días llegaron a esta Kverna voces en favor o en contra de candidatos, acompañadas de “propuestas” políticas para las artes y la cultura en Cali, Popayán, el Valle del Cauca y Cauca. Lo curioso, o ya no tanto, es que todas las propuestas confluyen en casi los mismos tres renglones y parafraseo: “En mi gestión (con tono grandilocuente) velaré o propiciaré por el mejoramiento del sector de la cultura y las artes. Apoyaré las entidades culturales y artísticas y protegeré a los actores culturales (esto último lo dicen sólo pocos)”. Obvio que la fórmula no es más que una fácil retórica, casi que aprendida como reinas de belleza. Lo que se evidencia, en primer lugar, es un desconocimiento sobre las necesidades y oportunidades del sector de la cultura y las artes y, en segundo lugar, la falta compromiso real y de interés.

Ante lo primero, desde este kvernoso lugar, se percibe en términos generales sobre las necesidades, lo siguiente:

1) Los diferentes actores culturales, como constructores de comunidad, que muchas veces lo hacen sin o con muy pocos recursos económicos, se ven obligados a pagar onerosos impuestos y obligaciones parafiscales (salud, pensión, cesantías y riesgos laborales). Pienso, sobre todo, en los gestores culturales comunales o comunitarios o en los jóvenes de la cultura que llevan ya una larga trayectoria o que comienzan en las artes.

2) No hay suficientes espacios para la promoción, difusión y, sobre todo y en especial, comercialización adecuada de productos artísticos y culturales. En Colombia se ha implantado una “cultura mendicante” basada en un sistema de subvenciones, estímulos o becas otorgados por el gobierno nacional, departamental y municipal. Esta situación siempre me ha parecido perniciosa, ya que se basa en la filosofía de “dar el pescado”, casi como una versión suave del también famoso “pan y circo”. Pareciera que a partir de esta política se quisiera privilegiar ciertas prácticas artísticas en detrimento de otras y controlar el “gusto nacional”, o sea el acceso del público a las manifestaciones artísticas y las relaciones entre el mismo público y los artistas, incluidas las relaciones comerciales. ¿Por qué no mejor enseñar a pescar? ¿No es más digno y más rentable que los artistas y actores culturales vivan de la venta de su trabajo, en lugar que se disputen las pocas becas o estímulos que ofrece el gobierno?

3) De lo anterior se deriva un problema que poco se toca o se habla, al menos de manera propositiva: La educación. La oferta educativa en Colombia es muy limitada. Casi que sólo se ofrecen programas para formación de artistas, así se disfracen de “licenciaturas”. Pero un sector de las artes no se conforma sólo de artistas. Incluso, y es otra grave percepción desde esta kverna, los artistas, en su mayoría, no han podido ni pueden subsistir y existir sin que actúen otros profesionales de las artes, desde los teóricos (historiadores, curadores y críticos, por ejemplo), como administrativos (desde montajista y personal de apoyo hasta gestores y gerentes de las artes).

Y para lo segundo, que proponen la mayoría de políticos, o sea el apoyo a las entidades culturales y artísticas y a los artistas, pues esa es la función que deberían cumplir, si quedan en sus cargos. Entonces, ¿cuál es la promesa? ¿Que van a hacer lo que tienen qué hacer? Como diría la señora de marras (concubina del señor de marras): “¡Bonito así!”

De todo lo anterior, se me ocurren y les propongo los siguientes puntos de discusión y de compromiso de los políticos en campaña:

1) Exención de impuestos municipales, departamentales y nacionales a las entidades y empresas culturales, constituidas o por constituirse, que generen al menos dos empleos directos a personas de la cultura y las artes y que incluyan en sus programaciones al menos a un 50% de artistas oriundos o residentes (que residan en los últimos 5 años) de la ciudad y el departamento.

2) Inclusión en el Sisben a los gestores culturales y artistas que lo soliciten y que demuestren actividad cultural y artística en el municipio o en el departamento en los últimos 2 años. Exención en el cobro de Retención en la fuente para profesionales de las artes y la cultura.

3) Propiciar, promover y patrocinar la creación y promoción de espacios comerciales para la cultura y las artes, tipo ferias de arte, salones de artistas y festivales culturales y artísticos, de carácter incluyente y diverso.

4) Apoyar y gestar, junto con las instituciones educativas, nuevos programas de formación en artes y cultura, diferentes a la formación artística. Entre ellos debería formarse, a nivel superior, curadores o comisarios, gestores y gerentes culturales, administradores con énfasis en arte y cultura, historiadores del arte y críticos de arte. También, a nivel Técnico o Tecnológico, personal administrativo para las artes y la cultura (guías, montajistas, asistentes administrativos, etc).

Hasta aquí estos puntos que se me han ocurrido en estos últimos días. La idea sería comprometer a los candidatos a los diferentes cargos en los mismos o en los que la comunidad artística de la localidad o el país. Claro que veo complicado que nuestros políticos asuman alguna responsabilidad o compromiso con los mismos. De todos modos, que al menos nutran sus propuestas con alguna nueva palabra y no sigan repitiendo la misma perorata.

domingo, 1 de marzo de 2015

CITAS SUELTAS… QUE SIRVEN PARA MUCHAS COSAS O PARA NADA…

Por: Carlos Fernando Quintero Valencia

Pensando en los últimos sucesos del arte nacional, algunas citas que pueda que sirvan para reflexionar o para nada…

“Uno veía este triunfo desde lejos, los artistas marchando calle abajo por la Cincuenta y siete, con sus legiones victoriosas y los galos subyugados, con el oro y la púrpura, y los gritos de apoteosis. […] la experiencia colonial ha calado muy hondo en nosotros, y producido un reflejo conocido como el encogimiento cultural”, Roberth Hughes. A toda crítica. Barcelona: Editorial Anagrama, 1992. Página12.

“Y habrá francachela, habrá comilona”. Rafael Pombo. Rin rin renacuajo.

“Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros”. Jorge Luis Borges. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial, 1998.

“¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia!”. Jorge Luis Borges. El Aleph. Madrid: Alianza Editorial, 1998.

“…por temor a parecer poco sofisticados, insistimos en pensar: ¿Está a la altura de las normas internacionales? Y no obtenemos respuesta, porque no hemos articulado estas <<normas>> por nosotros mismos”. Roberth Hughes. A toda crítica. Barcelona: Editorial Anagrama, 1992. Página 13.

“Llegaban los ejemplares de ARTnews, y nosotros los diseccionábamos, y cortábamos las reproducciones en blanco y negro para clavarlas en las paredes del estudio”. Roberth Hughes. A toda crítica. Barcelona: Editorial Anagrama, 1992. Página 13.

“La inflación del mercado, la victoria de la promoción sobre el conocimiento, la invención de un encanto relacionado con el arte, la pobreza de la preparación artística, la postura cerrada de los museos, todo esto no desaparecerá por arte de magia…”. Roberth Hughes. A toda crítica. Barcelona: Editorial Anagrama, 1992. Página 15.


Por ahora, dejemos así. Si se les ocurre alguna otra, ¡bienvenida será!

domingo, 22 de febrero de 2015

PLASTILINA Y CRAYOLAS: EL SEXTO GUIÓN CURATORIAL DE LA COLECCIÓN DEL MUSEO LA TERTULIA.

Por: Carlos Fernando Quintero Valencia

Quisiera empezar por decir que lo que falta en esta ciudad es educación de calidad, posgrados en artes y afines (maestrías y doctorados) y mundo, entendido este último como una visión sobre lo que realmente pasa en el planeta. Y lo digo primero con la preocupación de quién ha visto, generación tras generación, la desaparición y la muerte de lo mejor del talento y capital humano por falta de oportunidades para crecer intelectual y espiritualmente. Estamos en una maraña social y cultural, en una especie de remolino rivereño, donde no se puede más que girar sobre un mismo centro, con la creencia de que en cada giro, vamos a salir de círculo, sin poderlo hacer jamás. Insisto que las víctimas de todo esto son los más jóvenes. Ellos, con sus sueños de juventud se prestan a un juego sutil y macabro, que, como jugar a la guerra, los pone en situación de carne de cañón, sin las armas y las herramientas necesarias, que en estos casos son vivenciales, de conocimiento y espirituales. Así terminan de “artistas de moda” (en esta ciudad son niños blanquitos y monitos, de familia “prestante”, con dinerito y estudiantes o egresados de Bellas Artes) que son catapultados como “bebés pajaritos”, logrando tener, a lo sumo, un corto vuelo, antes de ser “abandonados a su suerte” y en el peor de los casos, estrellarse contra el pavimento. Otros serán pronto reclutados por las ávidas y voraces instituciones educativas de las cuales apenas han egresado y se convertirán de la noche a la mañana en “profes”, para repetir de la manera más inocente, las mismas lecciones de sus maestros, que tanto odiaron. Si no, si se les aparece la virgen del ministerio o del museo, serán curadores de ocasión. Claro, las oportunidades se deben aprovechar, pero muchas veces terminan estancados en ese turbio remolino, sin la posibilidad de ir más allá.

“Yo también tuve 20 años y un corazón vagabundo”. Fue ya hace mucho tiempo. Hoy ya tengo dos veces 20 años y unos años más. Y también comencé mi carrera de profesor muy joven, al igual que el camino de la crítica, la curaduría (aunque alguien, de manera muy acertada me dijo que yo no era “curador” sino “enfermador”) y también “fui” artista joven… ¡Pero eran otros tiempos! Comencé en eso de lo “profesional” en 1993, justo un año después de promulgada la famosa y vilipendiada Ley 30 de la Educación Superior, que establece como grados de aprendizaje, además del pregrado, los posgrados (especialización, maestría, doctorado y posdoctorado). Y justo en aquella época se comenzaron a implementar los primeros. Curiosamente, son casi los mismos que hoy.

Los posgrados no son un embeleco o un accesorio innecesario, que sólo sirven para tener “más cartones” o para “conseguir trabajo”. Curiosamente esos argumentos los esgrimen los viejos profesores que a duras penas han pasado por la universidad en pregrados, o sea, que no saben de lo que hablan. Los posgrados se deben implementar porque el conocimiento, en su cantidad, calidad y acceso ha crecido de manera exponencial en las últimas tres décadas, lo cual hace insuficiente el pregrado, como espacio y tiempo para conocer y profundizar en cualquier disciplina. ¡Y todo parece volverse cada vez más complejo! Otro punto a revisar es que a los profesionales con posgrados les pagan más… ¿Será que prefieren a los jóvenes recién graduados porque salen más baratos? Además, por lo general, un profesional con un nivel alto de formación, exige más, pregunta más, solicita más, jode más. Y, para completar, los que ya están vinculados a las instituciones y carecen de estos niveles de formación, se pueden sentir amenazados e incluso pueden ser reemplazados por los “formados”.

Son muchos los factores a tener en cuenta en todo este seudosistema. Todo se enlaza y se encadena. Pero ¿qué tiene qué ver los problemas de las instituciones educativas, con el Sexto Guión de la Colección del Museo La Tertulia de Cali? La respuesta es muy sencilla… ¿Qué distancia crítica, qué criterio puede tener una comunidad que carece de formación, que no ha visto una buena exposición en su vida? Porque, lamentablemente, en esta ciudad y en este país es muy difícil ver una buena exposición. Yo, en casi 28 años de habitar el campo de las artes, por acá he visto muy pocas. Las buenas que he visto, por lo general, han sido fuera mi terruño[1]. Entonces, si no se ven buenas exposiciones y se crece pensando que sí, ¿qué criterio se tiene?

De todo lo anterior, se deriva una pregunta: ¿qué es una buena exposición? Lo resumo en pocas palabras. Lo primero es que haya al menos un concepto o una idea en juego y este juego implica una investigación minuciosa y rigurosa. En segundo lugar se debe tener un guión curatorial que responda a los postulados de la investigación y donde se propone un discurso a través de las obras o los documentos a exhibir. Finalmente viene la “puesta en escena” en una museografía adecuada, que tiene en cuenta, además de las condiciones de preservación preventiva de las obras y documentos (que es lo más obvio), las relaciones discursivas de las obras, los posibles recorridos y respuestas del público, las “tensiones” entre los espacios del museo, las obras y el público (la adecuada iluminación, el diseño de piezas impresas y de ayudas, también están dentro de lo obvio).

De los seis guiones, apenas y con pena habré visto cuatro y ninguno tiene nada de lo anterior. No veo concepto, guión ni investigación en una propuesta que parece diseñada por Dummies y para Dummies. La distribución taxonómica aplana y ridiculiza a todas y cada una de las obras, convirtiendo al museo en poco más que un Gabinete de curiosidades de siglos pasados o en un decorado loft de señora snob. O si no, ¿explíquenme cuál es la propuesta o el concepto con el cuál se arman estos esperpentos de exposiciones? Entendiendo que, desde Sócrates (el filósofo griego, no el jugador de fútbol brasilero), se plantea la diferencia entre idea, opinión y ocurrencia, la estructura general con la que se insiste mostrar (preferiría decir despreciar) la colección de La Tertulia parece una ocurrencia salida de una fiesta, más que del producto de un trabajo intelectual serio. ¿Por qué insistir en ese engendro?

Por otro lado, no podría hablar de una “propuesta curatorial” cuando se carece de ideas o conceptos. La selección de obras parece responder al capricho o al azar del momento, sino es que a compromisos extra institucionales. La impresión que me da, para ser más claro, es que las obras se exhiben para “oriarlas”[2] o porque se quiere halagar a alguien externo al museo. Y esta impresión y esta sospecha se dan porque todo se ve improvisado, sin sentido, desangelado, desabrido… Finalmente, las obras están mal dispuestas, mal colgadas y mal montadas. Mejor dicho, de museografía es mejor no hablar, porque no hay.

En todo falta compromiso y verraquera. No hay un problema. No hay una tensión. Por poner un ejemplo, para el Sexto Guión han “sacado” obras de León Ferrari, acompañadas de las cartas que el maestro argentino envió en su momento a la directora del museo (la de aquella época, doña Maritza). Las de Ferrari, como casi todo lo suyo, son obras interesantes e importantes, que proponen una mirada crítica de la sociedad. Pero se “olvidaron” de la última donación que hizo, la más “polémica”, la que le podría haber puesto sazón a la exhibición: Nosotros sí sabíamos, la reproducción de las notas de prensa de su natal Argentina en época de las dictaduras, donde se reseñan los hechos violentos. La obra fue donada en el marco del 41 Salón Nacional… Conociendo nada y mal a Ferrari, su donación hoy tiene para mí especial significación, una significación con un alto sentido político, con un importante cuestionamiento: ¿Nosotros sí sabemos? Y, si de “oriar” las obras de Ferrari se trata, ¿por qué ventilar esta? ¿Será por la incómoda pregunta? Claro, porque una pregunta así, en una ciudad y en un país como este, donde masacran y descuartizan niños, donde reina la impunidad, la injusticia y el desconcierto, una pregunta de esas es, al menos, “incómoda”… Este es el gran problema de estos “guiones”: No hay preguntas, no hay compromiso, no hay riesgo. Si no, ¿qué tienen qué ver estos “guiones” con este “país de mierda”[3]? ¡Ni mierda! [4]Se transitan territorios conocidos, sobre lo ya aceptado. No hay pensamiento. Parafraseando a Heidegger, sólo un poco de cosas colgadas de los muros o guardadas en anaqueles, como los rifles de caza o las papas del mercado. Y siguiendo al filósofo, las meras cosas no incomodan y son confortables.

Lo triste de todo es ver a los jóvenes sonreír, acompañar y aplaudir tan pobre espectáculo. Esos mismos jóvenes que, espero que no, pronto serán “engullidos”, “masacrados” o “desaparecidos”, como muchos que ya no están, por este seudosistema del arte. Nadie dice nada, nadie cuestiona, nadie pregunta. Nada. El remolino rivereño sigue. Las universidades siguen ofreciendo sus mismos “planes de estudio” maquillados. Después de 22 años, nada de posgrados. El mundo sigue su marcha a velocidades insospechadas. Plastilina y crayolas…



NOTA: En las siguientes direcciones se encuentran artículos anteriores que critican los guiones de la colección del Museo La Tertulia…









[1] Recuerdo con gusto la de Remedios Varo (con curaduría de José Roca), la de Rirkrit Tiravanija, Dyonisiac y Dada (Pompidou) y Picasso y Bacon en París, La era de la discrepancia (Cuauhtémoc Medina y Olivier Debroise) y las de Vik Muniz, Thomas Hirshhorn, Frida Kahlo, Diego Rivera, Gabriel Orozco (esta tres en Palacio de Bellas Artes) y Damian Hirst en México DF, sólo por citar unas cuántas. La mayoría que siguen viniendo a mi memoria, fuera de Colombia y una que otra en Cali pero hace rato (las de Oscar Muñoz y Ever Astudillo en los 80, las de Rosemberg Sandoval, José Horacio Martínez y Pablo Van Wong en los 90, muy pocas para tantos años)… Acá siempre ha faltado investigación y contexto.
[2] Expresión popular de las madres que implica dar aire a telas y ropas que tienen hongos o mal olor.
[3] César Augusto Londoño en CM& Noticias, la noche en que asesinaron a Jaime Garzón.
[4] Me gustaría analizar qué tienen que ver las colecciones de arte nacionales o regionales, con las realidades del país y las regiones… Mi hipótesis es que muy poco o nada…

domingo, 15 de febrero de 2015

EN TORNO AL ARTE CONTEMPORÁNEO (1)

Por: Carlos Fernando Quintero Valencia

Ya entrado este siglo XXI, a tres lustros de su inicio, que bien parece poco lustroso, todo parece indicar que las discusiones del siglo anterior están lejos de ser superadas y retornan con cierto tufo melancólico y avinagrado, al menos en el caso de las artes. Hoy, de la mano o de la pluma o de la lengua de personajillos recalcitrantes se reviven las viejas preguntas: ¿Qué es eso del arte contemporáneo? ¿Será arte? ¿Será contemporáneo? Son preguntas que fácilmente podrían estar cumpliendo cien años, si nos vamos a los orígenes de los fenómenos artísticos a los cuales nos podríamos referir. Ya hace casi cien años, las huestes Dada estaban alistando sus barricadas y puestos de combate, en medio de una guerra absurda, como todas. O son preguntas que al menos llevan medio siglo, si nos ubicamos en las artes de la posguerra (de la Segunda Guerra), con el surgimiento de tendencias Neo Dada y otras, a lo largo y ancho del planeta.

Lo que me extraña y me perturba es que después de tanto tiempo y tantas cosas ocurridas, pasadas, discutidas, escritas y hechas, personas con educación artística o cercanas a los problemas de las imágenes, retomen estas viejas preguntas y repliquen las absurdas e ignaras argumentaciones de autores retrógrados. ¿Qué indica esto? ¿Será que falta de más información y más formación? ¿Será una muestra del desinterés y la poca capacidad crítica y de estudio? ¿Será que nos quedamos en lo superficial y superfluo y no se indaga más allá, en las fuentes de los acontecimientos y los fenómenos? O, ¿será que nuestra sociedad actual no nos permite ir más allá? O, ¿todas las anteriores y más? No sé. No sé por qué, ni qué pasa. Lo único que me atrevería a afirmar es que, antes de afirmar o refutar cualquier fenómeno, de postear hasta volver viral cualquier información, cualquier artículo, nos deberíamos tomar una tiempito y preguntarnos sobre la veracidad, la pertinencia, la calidad de lo que se replica y no caer en el automatismo del “like”, más si de una discusión profunda se trata. Esto podrías ser hasta un “mínimo ético”, sobre todo para aquellos que estamos en el campo de las artes. El problema es grave y difícil y no se debería banalizar.

Hace muchísimos años me invitaron a realizar una charla sobre mi obra (en aquella época me consideraban artista, aún…) Comencé la perorata afirmando que para que exista “arte contemporáneo” se deben cumplir dos condiciones, fundamentales, esenciales e indiscutibles: la primera condición es que, sea lo que sea, más allá de las formas y las técnicas, la cosa o el fenómeno al que nos referiremos debe ser “arte” y lo segundo es que debe ser “contemporáneo”. Mi intención, con esta respuesta tautológica, es retornar a la definición de los conceptos y evitar la presunción del conocimiento de los mismos. Si mal no estoy, la invitación y la charla fue por allá en la década de 1990. Antes de la invitación, ya había comenzado a reflexionar y estudiar sobre el asunto. Después lo he hecho un poco más. Espero poder resumir, brevemente, mis conclusiones sobre eso que se suele llamar “arte contemporáneo”.

Primera condición: Que sea arte.


Por lo general, en lo común, se manejan tres definiciones generales de arte: 1) Arte es “lo bien hecho”, referido a las técnicas, los materiales y las formas; 2) Arte es “lo que expresa”, desde el sentir del sujeto artista y más allá de las técnicas, los materiales y las formas; 3) Arte es “lo que comunica”, donde pesa más el “mensaje” y “la cultura” (“cultura” como tradición, identificación o conocimiento). Desde mi punto de vista, ninguna de las tres satisface ni es suficiente para determinar lo artístico. Lo artístico puede ser algo “bien o mal hecho”, puede o no “expresar”, puede o no “comunicar” y a pesar que cumpla alguna, varias o todas estas condiciones, una cosa o un fenómeno puede o no ser artístico. Lo anterior me lleva a proponer una cuarta definición, que es la menos común de todas y es que aquello que por lo general llamamos arte tiene un carácter “poético”, es decir, que sobrepasa o trasciende lo prosaico, lo literal, lo anecdótico y se refiere a “otra cosa”[1]. Coloquialmente, siempre acudo a “La espada del augurio” de los Tunder Cats, que permite “ver más allá de lo evidente”. Y, para mí, de eso se trata el arte, de ver más allá de lo evidente. Ese es el carácter poético.

Tomado de http://fc09.deviantart.net/fs17/f/2007/125/c/e/Espada_del_Augurio_2_by_DrAkMa.jpg

Segunda condición: Que sea contemporáneo.

La definición de contemporáneo refiere al tiempo presente, como en el instante o como en un presente continuo. Así, lo contemporáneo refiere a lo de hoy, a este momento, a esta época. Pero ¿cómo funciona esto en las artes? En términos generales, lo contemporáneo en las artes se asocia con la primera definición propuesta antes, es decir, con lo “bien hecho”, con las técnicas, los materiales y las formas. Así, muchas veces se considera contemporáneo aquello “bien hecho” en técnicas como la instalación, el performance, el objeto, el video (hay qué anotar que muchas veces lo “bien hecho” contemporáneo puede ser lo “mal hecho” tradicional). Y puede tener algo de razón, ya que las técnicas actuales plantean problemas imaginativos igualmente actuales, respondiendo a una sensibilidad o un sentir de esta época. Sin embargo, tampoco me parece suficiente, ya que la instalación, el performance, el objeto y hasta el video, tienen una larguísima historia y presencia en las artes, mucho antes de estas épocas. Por citar un rápido ejemplo, los altares y retablos de las iglesias barrocas (y sólo para hablar del Barroco) ¿acaso no eran instalaciones? Los Autos de fe ¿acaso no pueden considerarse performances o happening?s (si mal no estoy de allí derivan muchos de los artistas del performance de la historia reciente) ¿Acaso las procesiones no pueden ser entendidas “motion picture” o imágenes en movimiento, como el cine o el video? Y, ¿acaso los objetos-arte no pueden ser reliquias, como las de los santos? Con todo irrespeto, quien piense que la utilización de un medio artístico y tecnológico actual lo hace “artista contemporáneo” o está cañando (entre engañando y burlándose) o no tiene consciencia histórica ni crítica.

Nuevamente, con irrespeto, lo contemporáneo es poco menos que un sofisma, al menos planteado desde las técnicas, los materiales y las formas. Incluso me atrevería a decir que un planteamiento desde ese punto de vista es retrógrado y absurdo. Devuelve la discusión al menos cuatro siglos, a los orígenes del término “bellas artes”[2]. Y yo quisiera entender y proponer la contemporaneidad desde otra dimensión y desde otro espacio. Ese espacio es el del pensamiento, que se relaciona pero no se determina por un hacer. Y, entonces, ¿cómo, cuándo y dónde lo contemporáneo?

Nuestra mirada y concepción del mundo ha cambiado radical y sustancialmente en el último siglo y medio, a partir de los aportes de grandes pensadores, de los cuáles destacaré cuatro, como ejemplares: Karl Marx, Charles Darwin, Sigmund Freud y Albert Einstein. Aclaro e insisto en que no son los únicos. Hay muchísimos más, entre hombres y mujeres. Los pongo como ejemplo, ya que fueron fundamentales en el origen de los problemas de la “contemporaneidad”, es decir, de la mirada, el sentir, el pensamiento de esta época. A partir de sus aportes al pensamiento en general cambió, o debería haber cambiado, nuestra concepción de humanidad, de sociedad, de cultura, de pensamiento, de realidad y verdad. Y en síntesis, sin ganas de hacer gala y alarde de mi ignorancia, su gran aporte es pasar de la certeza divina a la incertidumbre humana. Esta, la contemporaneidad del pensamiento, de lo incierto humano, convertida en propuestas poéticas, es la que me interesa y la que les propongo, para comenzar a hablar de “arte contemporáneo”.

Desde esta concepción, lo contemporáneo en las artes está ligado al pensamiento y el sentir. Así, un artista contemporáneo debería tener o estar vinculado a planteamientos teóricos y miradas críticas sobre la realidad actual, y a partir de estos realizar sus propuestas artísticas, siendo técnicas, materiales y formas, medios y fines que propongan o susciten la mirada del espectador, que a su vez aporta a la construcción de la obra desde la discusión. Y desde la discusión, que también es el discurso sobre las obras, es que estas se completan y actualizan. Lo que sucede cuando se ve y se discute hoy, a través del pensamiento y el sentir de esta época, una obra de este tiempo o del pasado, es que las primeras se terminan de construir y las segundas se actualizan o “contemporanizan” (mejor ejemplo, la Gioconda, que cada uno de sus “nuevos” discursos, de sus nuevas lecturas, modifican el sentir y el significado de la obra, dando más de qué hablar y así sucesivamente). De esta manera, todo el arte que se discute hoy, es contemporáneo, más allá de que hoy se haya hecho, con “técnicas actuales”. Y, más allá de las técnicas, materiales y formas de la tradición, el arte es arte por su carácter poético, por esa capacidad de suscitar esa otra mirada, esa otra significación, esa otra lectura, esa constante y continua discusión.


Tomado de http://www.argenteam.net/resources/images/7564b4e1c45aa8405b3731ea0c0cdc5c.jpg




[1] Mi encuentro con “lo poético” de las artes se dio en primer lugar desde El arco y la lira de Octavio Paz y luego en La poética de Aristóteles. Recomendaría ver también Metáfora viva de Paul Ricoeur.
[2] Charles Batteux. Les Beaux-Arts réduits à un même principe. 1746.